jueves, 16 de septiembre de 2010

Uno

/Bebe un vaso de vino. Sus labios, el vidrio y su lengua. Violeta su comisura. Cae una gota púrpura, baja sobre su mentón, se agarra como si no quisiera desprenderse y se tira sobre las colinas de su escote. Yo la miro, ella no lo sabe. Se da cuenta y limpia con sus deditos de cristal la mancha despiadada. Encuentro de miradas en la superficie cristalina de mis lentes. La observo a través. Suena una trompeta, suenan sus uñas moradas contra la copa. El sonido áspero de la batería y mis pies, que por cuenta propia, van hacia el encuentro. Sus pestañas, y mis ojos fijos en la curva promiscua de su cuello. Bajan sus manos, se agarran justo encima de su falda y rozan sus rodillas mientras la copa espera. Mueca en la península rugosa de mi rostro. Ademán de exótico fervor en la bahía de sus labios. Rubor en nuestras mentes, desnudo el pensamiento acaricia por debajo de los cierres. Su cintura se deja examinar, y tras un gesto de dulce aprobación, mis manos la invitan a bailar. Suaves arrugas nimias en sus falanges. Sus piernas advierten mis extremidades mientras su espalda se deja llevar. Su nuca se deja tocar. Mi mano firme le da una vuelta, y la otra la alcanza sobre mis brazos. El beso más delicioso deja de ser pensado. Las lenguas se exponen al abismo. Caemos en delirio al vértigo de la locura. Piel contra piel, la noche nos envuelve en su cálida lujuria. Nocturna su pelvis, me lanza al cenit de su aurora carnal. Muslos afiebrados, ya en otro lugar, quedan exentos de todo pudor. Su cabello color sangre se entremezcla con el sudor de la respiración. Es tan cálido allí que siento que me elevo. El pulso va como un ave que levanta vuelo. Los latidos ya no se saben si son míos o de ella. Las palabras nunca dichas son gemidos de dos cuerpos que se transforman en uno. /Él me toma brutalmente por la espalda y mis finas caderas quedan temblando de placer. Sus manos firmes se deslizan por mi torso descubierto, pulsando el intersticio agudo de mis senos. Se diluyen en mi ombligo y en piel de mar se zarandean hasta arribar en el océano más tibio. Olas tempestuosas marcan el ritmo de unos dedos que inspiran el pecado. Ya no son sus dedos. Es una melodía corporal que emana de la grieta más tierna de mi ser. Se disuelven nuestras voces en un eco que se desprende de la tierra y hace girar planetas y al mismo universo. Me precipito en él, mientras me fundo en su corteza enardecida. Nuestros contornos se desdibujan en cada salida y entrada de este infierno florido. / Mis manos ya no me responden, arqueo mi cintura y obtengo el movimiento de su pelvis. Me hecho hacia adelante y sólo consigo mover su antebrazo. Es como una danza rara de un cuerpo movilizado por dos almas. Esta cosa informe comienza a tomar el ímpetu de algo que se quema y se enciende en el viento. En el ir y venir de los miembros se acelera el compás de un ritmo atemporal y en un impulso de la carne se desgarra en mil fragmentos. Un grito acaba en lo sagrado, fundiendo nuestras savias en el éter del tiempo./

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