sábado, 9 de octubre de 2010

Tríptico de amor

“… [me enamoré (?) de tu antítesis (!)]…” (?)


Preludio de enternecido amor

TE AMO,
con todos los signos que eso implica
y la imposibilidad de tocar, alguna vez, tu rostro.
Sabiendo que no es correcto, ni siquiera pronunciable
reprimo en silencio cualquier impulso de abalanzarme sobre tu cuello
o de zambullirme en la profundidad de tus pupilas.

Si me dejaras…
recorrería tu espalda con los ademanes de una mosca
que se posa dulcemente en la piel de su tan anhelada flor.
Si tan solo pudiera…
moriría en el suspiro ocasionado por tus labios.
Si existiera la posibilidad…
despedazaría mi alma en mil fragmentos
con tal que se fusionen con tu savia.
Saltaría al precipicio más profundo
si tú fueras el vértigo, y tus ojos el abismo.

Y te encuentro sin previo aviso, un atardecer cualquiera
embebida en una brutal vergüenza que me desarma;
se ruborizan mis fragmentos
se derriten mis facciones.
Mis ojos, obedeciendo al maldito disimulo, no saben bien donde reposar
y huyen de tus ojos, con todo el dolor y la agonía
porque al fin te tengo frente a mí
…si tan solo pudiera mirarte un poco más…
haría temblar cada una de tus partículas
mientras te hago el amor entre caricias oceánicas.


Es el instante anterior a tu angustiante partida
en el que ruego de una y mil maneras ¡no te vayas!
sin antes haber tocado mis labios,
o mi cintura,
o algún rebelde cabello
por accidente o quizás, por algún tierno destino, necesidad de tus dedos,
o por simple (y triste) casualidad de tus manos.

¡Destiérrame, amor mío, esta noche, del frío de mi solitaria almohada
y entiérrame, dulce anhelo, cada noche, el calor de tu convexa piel!
Y déjame amarte hasta el amanecer...


Ludio de orgásmico amor

Exprimiendo sexopatías entre impúdicas frazadas
en obnubiladas horas de la noche,
en titilantes madrugadas
e ingráviles albas.

Entre incongruentes emanaciones producidas por tu lengua
sumergida en las vastas áreas de mi locura / tu locura.
Entre la coma de tus cifras, entre todos y cada uno de tus pliegues.
En tu tocar tocando de ambos senos míos,
en el levitar del diletante, latente, demorado encuentro
de mis apetentes dedos con tu sexo.
En la profundidad de tu entrepierna difusa
y en cada parte erecta que alimenta los acordes de un gemido ahogado
que me merma.

En el éxtasis milimétrico de cada célula excitada
de cada núcleo contraído
por la eroticidad de una caricia tuya.

Desde mis márgenes de ninfómana prostituida
y desde el centro de mi cóncava desnudez,
en una fuga exangüe de viscosos movimientos que se conducen,
se intoxican y rehúyen en un ebrio vaivén,
te grito por esta noche y las que vendrán,
por este febril sudor de carnes en vela;
TE AMO, desde el orgasmo más eterno,
desde el desgarre más sideral.


Posludio de lunático amor

En tu dormitar dorsal y transversal te oblicuo una zancada de locura
en la dolencia umbilical de tus clavijas,
en la ululante agonía de todas y cada una de tus teclas.

Te inyecto por hoy y hasta que se tiña el mundo de elocuente y absurda iniquidad,
bordeando los lindes de mi turbio infierno lunático,
este mortífero amor varado entre las 5 y las 6 de cualquier madrugada,
desde la cubicidad difusa de mis funestos pensamientos.
Alineación al centro
Es la diana de mis dedos tu cuello retorcido
y es la diana de mi locura cada centímetro cúbico de tu no tan inocente mirada.
De cada microlitro que se evapora día a día
entre salvajes mordidas , de tu extinta, quizás mañana,
existencia.

En cada veta de tu diabética silueta,
en cada kilómetro de tu piel y con toda la precisión de una pulga.
Con la exactitud de un microbio que roe y corroe tu corrompida naturaleza
de bestia firme que me toma por detrás en opulentas horas de la noche.

En un nicho / lecho de flores y clavos
de sauces que no lloran, y cipreses que no cantan.
Te mato, tiernamente y con mi enferma voz
al entregarte, desposeyendo, este amor que me hace añicos
y que descose y sutura eternamente
tu piel tan lastimada por mi piel.

Esta vez

Y allí seguía, acostada esta vez. Sus ojos escondidos entre los pliegues seguían siendo los mismos, lo mismo con su pelo. Sus manos, esta vez, se volvían más violetas con cada aguja, con cada golpe, con cada mínima caricia. Su piel ya no resistía más, lo mismo con su cabeza, lo mismo con sus piernas inmóviles. Ella acostada intentaba retener las palabras lanzadas al aire, las caras que entraban y salían de la habitación, pero le era casi imposible recordar su propio nombre. Durante el día no hacía otra cosa que dormir, mientras que por las noches la sangre dejaba de correr por sus venas, y el piso, las sábanas y las paredes se iban empapando de cierta sustancia colorada cuyo fluir solía mantenerla en pie, días anteriores.
La pared, esta vez blanca, seguía en el mismo lugar, día y noche. Un televisor inútil en una esquina, una silla, inútil también pues las visitas no eran algo de todos los días, y una cortina, que difícil saber qué habría del otro lado. El cartel en la puerta continuaba allí, el vidrio verde se volvía más verde, y esas personas de blanco seguían entrando y saliendo, observando cada movimiento suyo.
Todas las mañanas las sábanas debían ser cambiadas, al igual que la bata con el número 252 en su seno izquierdo, pues la sangre continuaba esparciéndose por las noches. Una vez amarrada a la cama gritaba hasta más no poder, hasta quedarse dormida, al fin, por el efecto de los sedantes y de todas las drogas que hacían que su mente se dispersara, se concentrara en lo verde y quedara ennegrecida en algún lugar.
Semanas de tediosa rutina; mujeres de blanco, rosa y celeste que entraban y salían; un poco de colorado por la noche, y blanco en la mañana.
Una tarde, cierto 28 de septiembre, comenzó a verse en movimiento. Una hilera de luces rectangulares sobre un cielo gris corrían sobre su cabeza maltratada. Pronto la hilera cesó, quedó detenida en una luz redonda amarillenta y escuchó el ruido de un cierre que se hacía más intenso a medida que se acercaba a su cara pálida. Sus párpados en la oscuridad se movían inquietos, buscando una respuesta. Parece ser que esta tarde, ni su pelo, ni sus ojos eran los mismos. Sus manos volvían al color blanco al que vuelven todas las manos; su cuerpo tieso se impregnaba de congelada brisa. Parece que esta vez, su mente se sosegó de sus memorias, y que ya nadie estaría allí para llorarla y verla caer. Esta vez, el fin había llegado.

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