martes, 1 de marzo de 2011
Adios
Beso tu sexo en señal de adios
recorro tu piel por penultima vez
siendo la ultima una eternidad incomoda.
Las fotos que jamas llegaremos a ver,
los paisajes inventados, sólo inventados.
Naufragaste en mi intimidad hasta el ultimo día.
II
Pienso en aquello que dijiste,
murmuraste, balbuceaste y no quise escuchar.
Pienso en lo que quizás,
en ese casi beso que nos dijimos,
en esa madrugada que nos pensamos.
Es tarde ya.
III
Tu mano me alcanza desde el otro lado del océano,
tu presencia me obnubila y unos ojos azules, muy azules.
Sugeriste una noche con palabras indirectas
sugeriste mezclar el sudor y la privacidad
conjugar la respiracion
exaltar los acordes
contraer los gemidos
entre las pieles tensas
de mi imaginación.
IV
Y llego el día, y llego la hora.
en que luego de las risas y olvidando la cordura
te introdujiste entre mis sabanas
para no salir jamas.
Mezclaste tu intimidad con la mia
y anulaste las distancias.
Yo me puse muy cerca,
mas de lo que podrías imaginar.
V
Nieva detrás del vidrio.
Una bolsa recorre el mundo embestida por el viento.
Sabemos lo que sigue,
tu un avión y yo un cafe.
Sabemos la palabra.
El oírla implica la lágrima,
implica la mejilla y la comisura
implica la sal,
implica…
…una razón demás para permanecer en silencio.
VI
Nada de concreto en tu mirada,
solo una triste carta que se delinea bajo el peso de tus dedos.
Atmosfera fugaz.
Soledad hostil.
-Dew-
C. R. G.
sábado, 9 de octubre de 2010
Tríptico de amor
con todos los signos que eso implica
y la imposibilidad de tocar, alguna vez, tu rostro.
Sabiendo que no es correcto, ni siquiera pronunciable
reprimo en silencio cualquier impulso de abalanzarme sobre tu cuello
o de zambullirme en la profundidad de tus pupilas.
Si me dejaras…
recorrería tu espalda con los ademanes de una mosca
que se posa dulcemente en la piel de su tan anhelada flor.
Si tan solo pudiera…
moriría en el suspiro ocasionado por tus labios.
Si existiera la posibilidad…
despedazaría mi alma en mil fragmentos
con tal que se fusionen con tu savia.
Saltaría al precipicio más profundo
si tú fueras el vértigo, y tus ojos el abismo.
Y te encuentro sin previo aviso, un atardecer cualquiera
embebida en una brutal vergüenza que me desarma;
se ruborizan mis fragmentos
se derriten mis facciones.
Mis ojos, obedeciendo al maldito disimulo, no saben bien donde reposar
y huyen de tus ojos, con todo el dolor y la agonía
porque al fin te tengo frente a mí
…si tan solo pudiera mirarte un poco más…
haría temblar cada una de tus partículas
mientras te hago el amor entre caricias oceánicas.
Es el instante anterior a tu angustiante partida
en el que ruego de una y mil maneras ¡no te vayas!
sin antes haber tocado mis labios,
o mi cintura,
o algún rebelde cabello
por accidente o quizás, por algún tierno destino, necesidad de tus dedos,
o por simple (y triste) casualidad de tus manos.
¡Destiérrame, amor mío, esta noche, del frío de mi solitaria almohada
y entiérrame, dulce anhelo, cada noche, el calor de tu convexa piel!
Y déjame amarte hasta el amanecer...
Exprimiendo sexopatías entre impúdicas frazadas
en obnubiladas horas de la noche,
en titilantes madrugadas
e ingráviles albas.
Entre incongruentes emanaciones producidas por tu lengua
sumergida en las vastas áreas de mi locura / tu locura.
Entre la coma de tus cifras, entre todos y cada uno de tus pliegues.
En tu tocar tocando de ambos senos míos,
en el levitar del diletante, latente, demorado encuentro
de mis apetentes dedos con tu sexo.
En la profundidad de tu entrepierna difusa
y en cada parte erecta que alimenta los acordes de un gemido ahogado
que me merma.
En el éxtasis milimétrico de cada célula excitada
de cada núcleo contraído
por la eroticidad de una caricia tuya.
Desde mis márgenes de ninfómana prostituida
y desde el centro de mi cóncava desnudez,
en una fuga exangüe de viscosos movimientos que se conducen,
se intoxican y rehúyen en un ebrio vaivén,
te grito por esta noche y las que vendrán,
por este febril sudor de carnes en vela;
TE AMO, desde el orgasmo más eterno,
desde el desgarre más sideral.
En tu dormitar dorsal y transversal te oblicuo una zancada de locura
en la dolencia umbilical de tus clavijas,
en la ululante agonía de todas y cada una de tus teclas.
Te inyecto por hoy y hasta que se tiña el mundo de elocuente y absurda iniquidad,
bordeando los lindes de mi turbio infierno lunático,
este mortífero amor varado entre las 5 y las 6 de cualquier madrugada,
desde la cubicidad difusa de mis funestos pensamientos.

Es la diana de mis dedos tu cuello retorcido
y es la diana de mi locura cada centímetro cúbico de tu no tan inocente mirada.
De cada microlitro que se evapora día a día
entre salvajes mordidas , de tu extinta, quizás mañana,
existencia.
En cada veta de tu diabética silueta,
en cada kilómetro de tu piel y con toda la precisión de una pulga.
Con la exactitud de un microbio que roe y corroe tu corrompida naturaleza
de bestia firme que me toma por detrás en opulentas horas de la noche.
En un nicho / lecho de flores y clavos
de sauces que no lloran, y cipreses que no cantan.
Te mato, tiernamente y con mi enferma voz
al entregarte, desposeyendo, este amor que me hace añicos
y que descose y sutura eternamente
tu piel tan lastimada por mi piel.
Esta vez
La pared, esta vez blanca, seguía en el mismo lugar, día y noche. Un televisor inútil en una esquina, una silla, inútil también pues las visitas no eran algo de todos los días, y una cortina, que difícil saber qué habría del otro lado. El cartel en la puerta continuaba allí, el vidrio verde se volvía más verde, y esas personas de blanco seguían entrando y saliendo, observando cada movimiento suyo.
Todas las mañanas las sábanas debían ser cambiadas, al igual que la bata con el número 252 en su seno izquierdo, pues la sangre continuaba esparciéndose por las noches. Una vez amarrada a la cama gritaba hasta más no poder, hasta quedarse dormida, al fin, por el efecto de los sedantes y de todas las drogas que hacían que su mente se dispersara, se concentrara en lo verde y quedara ennegrecida en algún lugar.
Semanas de tediosa rutina; mujeres de blanco, rosa y celeste que entraban y salían; un poco de colorado por la noche, y blanco en la mañana.
Una tarde, cierto 28 de septiembre, comenzó a verse en movimiento. Una hilera de luces rectangulares sobre un cielo gris corrían sobre su cabeza maltratada. Pronto la hilera cesó, quedó detenida en una luz redonda amarillenta y escuchó el ruido de un cierre que se hacía más intenso a medida que se acercaba a su cara pálida. Sus párpados en la oscuridad se movían inquietos, buscando una respuesta. Parece ser que esta tarde, ni su pelo, ni sus ojos eran los mismos. Sus manos volvían al color blanco al que vuelven todas las manos; su cuerpo tieso se impregnaba de congelada brisa. Parece que esta vez, su mente se sosegó de sus memorias, y que ya nadie estaría allí para llorarla y verla caer. Esta vez, el fin había llegado.
jueves, 16 de septiembre de 2010
Uno
/Bebe un vaso de vino. Sus labios, el vidrio y su lengua. Violeta su comisura. Cae una gota púrpura, baja sobre su mentón, se agarra como si no quisiera desprenderse y se tira sobre las colinas de su escote. Yo la miro, ella no lo sabe. Se da cuenta y limpia con sus deditos de cristal la mancha despiadada. Encuentro de miradas en la superficie cristalina de mis lentes. La observo a través. Suena una trompeta, suenan sus uñas moradas contra la copa. El sonido áspero de la batería y mis pies, que por cuenta propia, van hacia el encuentro. Sus pestañas, y mis ojos fijos en la curva promiscua de su cuello. Bajan sus manos, se agarran justo encima de su falda y rozan sus rodillas mientras la copa espera. Mueca en la península rugosa de mi rostro. Ademán de exótico fervor en la bahía de sus labios. Rubor en nuestras mentes, desnudo el pensamiento acaricia por debajo de los cierres. Su cintura se deja examinar, y tras un gesto de dulce aprobación, mis manos la invitan a bailar. Suaves arrugas nimias en sus falanges. Sus piernas advierten mis extremidades mientras su espalda se deja llevar. Su nuca se deja tocar. Mi mano firme le da una vuelta, y la otra la alcanza sobre mis brazos. El beso más delicioso deja de ser pensado. Las lenguas se exponen al abismo. Caemos en delirio al vértigo de la locura. Piel contra piel, la noche nos envuelve en su cálida lujuria. Nocturna su pelvis, me lanza al cenit de su aurora carnal. Muslos afiebrados, ya en otro lugar, quedan exentos de todo pudor. Su cabello color sangre se entremezcla con el sudor de la respiración. Es tan cálido allí que siento que me elevo. El pulso va como un ave que levanta vuelo. Los latidos ya no se saben si son míos o de ella. Las palabras nunca dichas son gemidos de dos cuerpos que se transforman en uno. /Él me toma brutalmente por la espalda y mis finas caderas quedan temblando de placer. Sus manos firmes se deslizan por mi torso descubierto, pulsando el intersticio agudo de mis senos. Se diluyen en mi ombligo y en piel de mar se zarandean hasta arribar en el océano más tibio. Olas tempestuosas marcan el ritmo de unos dedos que inspiran el pecado. Ya no son sus dedos. Es una melodía corporal que emana de la grieta más tierna de mi ser. Se disuelven nuestras voces en un eco que se desprende de la tierra y hace girar planetas y al mismo universo. Me precipito en él, mientras me fundo en su corteza enardecida. Nuestros contornos se desdibujan en cada salida y entrada de este infierno florido. / Mis manos ya no me responden, arqueo mi cintura y obtengo el movimiento de su pelvis. Me hecho hacia adelante y sólo consigo mover su antebrazo. Es como una danza rara de un cuerpo movilizado por dos almas. Esta cosa informe comienza a tomar el ímpetu de algo que se quema y se enciende en el viento. En el ir y venir de los miembros se acelera el compás de un ritmo atemporal y en un impulso de la carne se desgarra en mil fragmentos. Un grito acaba en lo sagrado, fundiendo nuestras savias en el éter del tiempo./
domingo, 6 de junio de 2010
miércoles, 26 de mayo de 2010
La muerte del Amor
Nunca más amar, porque mi amor mató a las flores y las rosas clavaron sus espinas en la comisura de mis labios. Nunca más sentir, el sentimiento fue violado y amordazado, cuando vi tus ojos por primera vez brillando a la luz de un orgasmo.
¿Recordás cómo estalló tu corazón?
Esa noche tu piel subió a la aurora y desde el cenit de un gemido una bala y un disparo atravesaron la ternura, dejando un cuerpo frío y un alma destrozada.
Los músculos quedaron en eterno escalofrío, velando aquello que nunca volverá. Fue una suave caricia convertida en golpe, y un golpe que hizo vibrar la tristeza y la agonía. Sangraron mis ojos, y sangró el mundo. Se derramó la pasión y la oscuridad se deshizo en llanto.
Fue el delirio de la hermosura, de la hermosura muerta de pena y de la pena eclipsada de espanto. Un suspiro de la luna y mi piel se congeló para siempre. Congelado mi aliento y mi corazón, helada de soledad y de amargura, con los ojos bien abiertos y una angustia abstracta que desgarra mi interior.
¿Qué es lo que queda entonces, si el destino es fatuo y obscenamente fatal?
¿Qué es lo que queda si toda el arena del universo ya pasó por entre mis dedos y ni un sólo grano se ha quedado para recordarme que sigo viva?
Entonces sólo me queda una amarga retirada, una acuchillada que despedace las arterias sin poder siquiera cerrar los párpados ni gritar que pare el horror. Sentir que muero y que me matan, observando desde el penúltimo subsuelo las lágrimas ajenas que decantan sobre mi frente, sin poder divisar las propias, porque se han secado en el cajón.
Que descansen los brazos y la piel acomplejada, la piel curtida, corroída y arrugada, que se desvanece mostrando los huesos, que se desvanecen mostrando la nada.
miércoles, 19 de mayo de 2010
caricia
descexo