Nunca más amar, porque mi amor mató a las flores y las rosas clavaron sus espinas en la comisura de mis labios. Nunca más sentir, el sentimiento fue violado y amordazado, cuando vi tus ojos por primera vez brillando a la luz de un orgasmo.
¿Recordás cómo estalló tu corazón?
Esa noche tu piel subió a la aurora y desde el cenit de un gemido una bala y un disparo atravesaron la ternura, dejando un cuerpo frío y un alma destrozada.
Los músculos quedaron en eterno escalofrío, velando aquello que nunca volverá. Fue una suave caricia convertida en golpe, y un golpe que hizo vibrar la tristeza y la agonía. Sangraron mis ojos, y sangró el mundo. Se derramó la pasión y la oscuridad se deshizo en llanto.
Fue el delirio de la hermosura, de la hermosura muerta de pena y de la pena eclipsada de espanto. Un suspiro de la luna y mi piel se congeló para siempre. Congelado mi aliento y mi corazón, helada de soledad y de amargura, con los ojos bien abiertos y una angustia abstracta que desgarra mi interior.
¿Qué es lo que queda entonces, si el destino es fatuo y obscenamente fatal?
¿Qué es lo que queda si toda el arena del universo ya pasó por entre mis dedos y ni un sólo grano se ha quedado para recordarme que sigo viva?
Entonces sólo me queda una amarga retirada, una acuchillada que despedace las arterias sin poder siquiera cerrar los párpados ni gritar que pare el horror. Sentir que muero y que me matan, observando desde el penúltimo subsuelo las lágrimas ajenas que decantan sobre mi frente, sin poder divisar las propias, porque se han secado en el cajón.
Que descansen los brazos y la piel acomplejada, la piel curtida, corroída y arrugada, que se desvanece mostrando los huesos, que se desvanecen mostrando la nada.
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